jueves, 18 de octubre de 2007

Algunas consideraciones sobre la logografia judicial ateniense. I

La tradición imputa a Antifonte (480-411) la invención de la logografia, basándose en un texto de Ps.-Plutarco, Vida de los Diez Oradores, Antifonte, 4, en el que se dice que compuso discursos que algunos ciudadanos le pedían para los procesos judiciales.
Parece que fue el primero en redactar discursos para que otros los pronunciaran ante un tribunal, sirviéndose de sus habilidades retóricas y, por tanto, con carácter literario.

De época de Pericles no nos ha llegado ningún texto de estas características y, por otra parte, el término de logógrafo referido a un tipo específico de asistencia judicial lo vemos empleado no antes del sIV aC, por tanto es posible que esta práctica empezara a tomar cuerpo, de manera gradual, a finales del sV (aunque ,desde luego, la técnica de redactar discursos ya existía), y adquiriera pleno auge en el IV.
Al menos , a este período corresponden las vidas y obras del canon de diez oradores que los aticistas del siglo I de nuestra era establecieron y legaron a la posteridad (Antifonte, Andócides, Lisias, Iseo, Isócrates, Demóstenes, Esquines, Hipérides, Licurgo y Dinarco).

Desde Antifonte, la logografía aparece inserta en el contexto de otras disciplinas de amplio alcance en la sociedad: la sofística, la retórica y la política, y unida a ellas desplegará sus habilidades a lo largo del s IV: los conocimientos de retórica y oratoria, parte de las enseñanzas de los sofistas, eran necesarios para asegurar el éxito político y, al mismo tiempo, los políticos, a través de los discursos logográficos, podían dar los primeros pasos de su carrera o ,una vez consagrados, servirse del espacio que ofrecían los tribunales para acrecentar su influencia pública o su riqueza.
Los tribunales y la Asamblea son los dos espacios públicos en los que se ejerce el poder político, y para ello la formación retórica y oratoria, el dominio del arte de la persuasión, era indispensable.

De todos modos, esta práctica judicial ateniense en la cual el discurso pronunciado por un hombre ante los tribunales, es redactado por otro, cuando sería tan fácil que éste último asumiera el doble rol de autor y orador, pronunciando él mismo las frases que bien conoce, hunde sus raíces en la propia configuración del sistema democrático ateniense y la relación vinculante entre la polis y el ciudadano.

La tradición unánimemente atestigua que el ciudadano ateniense tenía el honor y, al mismo tiempo, la responsabilidad de la comparecencia personal: desde el estrado, asumía personalmente la defensa de sus derechos ante los jueces de los tribunales democráticos.
Pero no era ésta la única obligación del implicado en un juicio, pues también:

-inicia la acción judicial citando al adversario y depositando la demanda
-ha de indagar en los lugares del delito para encontrar pruebas convincentes y presentarlas en la fase preliminar o νκρισις
-provoca y organiza la tortura de los esclavos implicados en el asunto
-si corresponde, emprende un careo con su adversario
-tras el pronunciamiento del veredicto, en casos de juicios τιμητο ,en los que la ley no prevé la pena, deben proponerla.

Frente a los litigantes, el magistrado que preside el juicio es meramente un moderador: asegura el buen orden, la legalidad de las operaciones judiciales; su tarea es administrativa.

A su lado, el jurado popular, sin deliberación preliminar y sin otro conocimiento del asunto que el que le presentan los litigantes, emite una sentencia de acuerdo con el derecho o la justicia.

Tanto el demandante, δικων,como el demandado, φεγων,son los sujetos activos de la acción judicial y ello explica la necesidad de la comparecencia personal.

Al igual que la función de juez, la comparecencia personal era un acto de ciudadanía.
Es un privilegio del ciudadano: se le retira a aquel que demuestra ser indigno de la cualidad cívica y se le otorga al πρξενος y al que goza de σοτλεια.

El ciudadano, que goza en la asamblea política de σηγορα, el derecho de hablar libremente en público, debe tener el mismo derecho en las reuniones judiciales.Ya vimos que la mayoría de los metecos están al margen de este espacio público.

Por otra parte, el litigante no estaba solo ante el tribunal: junto a él se hallaban los testigos, su familia e incluso algunos vecinos.

El acompañamiento de los parientes del litigante se manifestaba de dos formas diferentes:

-podía ser un desfile de parientes y sobre todo de niños con la intención de que los jueces sintieran compasión; puesta en escena que suscitó el sarcasmo de la comedia, como leemos en Las Avispas 560-575,de Aristófanes,

-o se trataba de la intervención de un amigo o pariente que , mostrando su apoyo moral, como acto de solidaridad, tomaba la palabra y hablaba en su favor, siempre dentro de los limites de tiempo asignados a cada parte.

A esta práctica se le llamó συνηγορα, que en pleno siglo IV adquirió más protagonismo y pasó de ser un acto de generosidad por parte de un amigo, a un recurso mediante el cual el litigante intentaba eludir las responsabilidades de la comparecencia personal.

También redactaron estos discursos los logógrafos, de manera que ambos tipos de asistencia judical , primeramente diferenciados, con el tiempo se confundieron.