domingo, 20 de enero de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes. 14. El culto a los muertos : Las exequias. I

“Pero me pareció, señores, que se había maquillado la cara aún cuando su hermano llevaba muerto no hacía ni treinta días.”

Los rituales y preceptos religiosos en torno a los muertos, que celebraron los griegos a lo largo de los siglos, se basaban en la creencia de que el alma del insepulto vagaba errante sin encontrar la paz en el más allá.

Un testimonio de esta idea lo tenemos en la Ilíada. En el Canto XXIII, 69 y ss, hechos los preparativos para los funerales de Patroclo, y postergados por el banquete previo y el sueño que se apoderó de los soldados por el cansancio de la guerra, el alma de éste se le apareció a Aquiles diciéndole:

“¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Orco; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los alrededores del palacio, de anchas puertas, de Plutón….”

A continuación se llevaron a término los funerales , dignos de un héroe.(Canto XXIII, 161-178).

Siguiendo las instrucciones de Aquiles, los soldados amontonaron leña para levantar una pira sobre la que colocaron el cuerpo de Patroclo; allí mismo degollaron y amontonaron ovejas y bueyes, y con la grasa de éstos Aquiles cubrió el cadáver.
Dos ánforas llenas respectivamente de miel y de aceite fueron vertidas sobre la pira; también colocaron allí cuatro corceles, dos perros y doce soldados troyanos muertos en el combate.
El llanto se apoderó de todos, y el propio Aquiles, en señal de profundo dolor, se cortó la cabellera para que su querido amigo se la llevara consigo.
Durante toda la noche, mientras ardía la pira, Aquiles, sentado, vertía sobre la tierra vino que con una copa sacaba de una cratera.
Al amanecer, fueron retirados los huesos del difunto para ser depositados en una urna. Y finalmente, se organizaron diversas competiciones deportivas.

A lo largo de los diez años que duró la guerra, los cadáveres de los soldados aqueos que morían en el campo de batalla, eran recogidos e incinerados para ser llevadas sus cenizas a los hijos y familiares, cuando regresaran a la patria, tal como leemos en el Canto VII, 327.

Volviendo a la época clásica, ya he comentado en otro post la participación de las mujeres en las distintas fases de las honras fúnebres: preparación del cadáver, exposición, velatorio con llanto y lamentaciones, traslado, enterramiento y, finalmente, purificaciones y comidas. De casi todas ellas la cerámica nos ofrece múltiples testimonios.

Se practicaba la incineración, o más bien la cremación, pues no se reducía completamente el cuerpo a cenizas, de manera que los restos de los huesos junto con las cenizas eran recogidos y guardados en una urna; también era costumbre la inhumación, bien directamente en la tierra sobre un manto de hojas de mirto, olivo o álamo negro, o bien dentro de un ataúd de barro o madera, práctica ésta, se piensa, de origen extranjero.

Junto al cadáver se solía colocar algunas herramientas u objetos con los que el difunto había estado muy unido en vida. (Ejemplos suntuosos de ello, por tratarse de la antigua realeza, sería el caso de los hallazgos encontrados en las tumbas reales micénicas: ajuares, máscaras de oro, armas…).

La tumba era un lugar sagrado. Ante ella los vivos rendían culto al alma del familiar fallecido. Debía ser un lugar apacible, tranquilo, con árboles, donde reinara un ambiente de calma y sosiego por ser el lugar de esparcimiento de las almas, según creían los griegos.

Los cementerios fueron emplazados siempre fuera de las murallas de la ciudad, y sólo en contadas excepciones se ubicaron tumbas intramuros.

En Atenas, el cementerio más grande fue El Cerámico, (con el mismo nombre que el barrio anexo donde se emplazaba el ágora), que se hallaba en los alrededores de la puerta de la muralla llamada Del Dipilón, a la que llegaba el camino procedente de la Academia, y muy cerca de la Puerta Sacra, procedente de Eleusis.

También a lo largo de estas vías, junto a santuarios de dioses y héroes, y en las afueras de los demos, los atenienses enterraron a sus seres queridos.

Pausanias, en su Descripción de Grecia, en el libro I dedicado al Ática, nos describe estos parajes tranquilos, rodeados de estatuas y altares, de los que traslado aquí unos pocos ejemplos:

-en 2: con respecto al trayecto entre el Pireo y Atenas dice: “A lo largo del camino hay tumbas muy conocidas como la de Menandro, hijo de Diopites, y el cenotafio de Eurípides”.

-en 29 y ss: describe el camino que conducía a la Academia, y alude tanto a las tumbas individuales de personajes ilustres de la talla de Trasíbulo, Pericles, Clístenes, Efialtes …,como a tumbas comunes o colectivas en las que descansan aquellos que compartieron el destino de morir luchando en un mismo combate. Así, leemos: “Asimismo yacen aquí los que cayeron en Corinto…”. “En otra estela figuran los nombres de los que lucharon en Tracia y en Mégara…”.

-en 36 y ss describe el camino que conducía a Eleusis y que los atenienses llamaban Vía Sagrada, plagado también de tumbas de estrategos, héroes, y personajes de renombre.


Fuentes:
-Homero, La Ilíada. Trad. de Luís Segalá. Barcelona: Editorial Juventud, 1961
-Pausanias, Descripción de Grecia. Ática y Élide. Trad. de Camino Azcona García. Madrid: Alianza Editorial, 2000

Bibliografía:
-Erwin Rodhe, “El culto del alma”, en Psique. Trad. de Wenceslao Roges. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1994


Imágenes:
*Lecitos áticos 470 aC. Museo Arqueológico de Madrid.
**Lápida de mármol de Jantipo. 430-420 Atenas. British Museum