lunes, 13 de octubre de 2008

Una lección de Paleografía



Preparando unos materiales sobre Paleografía, cayó en mis manos el libro de Armando Petrucci La ciencia de la escritura. Primera lección de Paleografía, y ha sido un placer volver a leer (muchos años después de las clases en la Facultad con el profesor Trench) cuestiones relacionadas con la historia de nuestra escritura: los problemas de la conservación y transmisión de los textos escritos, los factores que explican los cambios dentro de un mismo sistema gráfico, su finalidad en las distintas épocas, las diversas técnicas y materiales empleados, sus usuarios, la inevitable pérdida de producción escrita...

Leyendo, leyendo una queda atrapada por lo fascinante del tema, por su actualidad y me lleva a hacer algunas reflexiones.

Con relación a la escritura, a lo largo de la historia han habido momentos de cambio de enorme trascendencia que supusieron una auténtica revolución para la cultura occidental: sirva de ejemplo la invención de la imprenta, con todas sus repercusiones en la sociedad: aparición de nuevos oficios, desaparición de otros, mayor difusión y divulgación de los textos, pero también peligro y desaparición de los que no fueron reproducidos con la nueva técnica, nuevos espacios de trabajo, disminución del analfabetismo, reacciones hostiles contra el invento por temor a la pérdida del poder que conlleva el control de lo que se escribe….

Hoy en día, estamos asistiendo a una revolución tecnológica que afecta al campo de la comunicación escrita de dimensiones incalculables, y digo estamos viviendo porque creo, a pesar de todo, que nos encontramos en sus inicios.

En la sociedad tecnológica y digitalizada en que vivimos, se está produciendo nuevamente un cambio de soporte de escritura, del papel al soporte informático, cuyas bondades nos permiten comunicarnos por escrito en la distancia de manera fácil y rápida, y lo más, de manera inmediata.

Así, resulta que hemos sustituido la carta postal por el correo electrónico, salvo en muy contadas ocasiones, que se convierten en algo especial, por lo esporádico; las reuniones presenciales por videoconferencias; los encuentros de bar por los chats y foros en la red. Sin darnos cuenta los ordenadores han invadido nuestros espacios de trabajo, incluso están cambiando nuestros hábitos laborales, nuestro tiempo de ocio y también, hay que decir, nuestras relaciones sociales. No hace falta poner ejemplos de todo ello.

Internet ha hecho más fácil el acceso a la información pero, además, ya no nos limitamos a leer. La web 2.0 nos ha convertido en productores de textos, productores de contenido. Gozamos de una absoluta libertad para escribir nuestros pensamientos y opiniones. Nos hemos lanzado sin rubor a generar conocimiento compartido gracias a la facilidad de las nuevas tecnologías.

Sin embargo existen fisuras: en la sociedad alfabetizada en que vivimos existen bolsas de población cuyos recursos escriturales y de lectura son mínimos, lo que acarrea una brecha socioeconómica que se ampliará aún más conforme nos adentremos en la era digital recién estrenada.

Me pregunto qué pasará dentro de cien años con el papel, qué será de todo aquel conocimiento que no esté trasferido al nuevo soporte, cuántos textos (y música) se perderán en el olvido gracias a una especie de selección natural, o no tanto, tal como ocurrió en centurias anteriores, qué será de aquellos que no puedan acceder al conocimiento computarizado.

En la Biblioteca de San Miguel de los Reyes, la persona encargada de restauración de libros nos dijo que las mismas medidas de conservación se toman para los libros antiguos que para los que producimos actualmente allí depositados. Lógico, claro, aunque a mí no se me había ocurrido pensar en ese celo dispensado a un ejemplar de un libro o periódico publicado hoy mismo.

Existe, pues, conciencia y sensibilidad por parte de las instituciones por preservar, junto a la heredada, nuestra cultura escrita, para las generaciones futuras. Pero ¿será suficiente? ¿o en futuros conflictos bélicos, o desastres naturales, o por voluntad expresa de quien domine el mundo se destruirá y perderá parte de nuestro saber?

Volviendo al libro de Petrucci, me parece altamente recomendable, de fácil lectura, y especialmente cautivador para todo aquél que quiera asomarse al fascinante mundo de la historia de la escritura.



Bibliografía:

Petrucci, Armando: La ciencia de la Escritura. Primera lección de Paleografía. Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2003.

3 comentarios:

Isabel Romana dijo...

Es muy comprensible tu preocupación. Y quizá tengamos que asumir que una parte del saber, de nuestro saber, se perderá por las locuras de los seres humanos. ¿No hemos presenciado hace pocos años la destrucción de la biblioteca de Sarajevo o el expolio del Museo de Bagdad? Quienes en un momento deseen aniquilar a un pueblo, o a una cultura, lo tendrán facilísimo destruyendo todos los vestigios que remitan a su personalidad. Es así de dramático, querida amiga. Un abrazo enorme.

Elena dijo...

Pero siempre habrá Atalantas que rescaten fragmentos de magia. Como siempre, me ha gustado mucho leer tu post.
Un beso
Elena

Virginia dijo...

Gracias Ele ¿te acuerdas de las clases con el profesor Trench, las láminas que nos enseñaba y todo aquello? ¡Cómo pasa el tiempo!
Besazos