domingo, 14 de enero de 2007

ΑΠΟΛΟΓΙΑ ΣΩΚΡΑΤΟΥΣ 7 bis. LOS AMIGOS DE SÓCRATES

En el Lisis el propio Sócrates le dice a Menéxeno que por encima de todo lo que más aprecia en este mundo está el tener amigos y, por los testimonios de Platón y Jenofonte, sabemos que los tuvo, y muchos. Unos los conocemos, otros muchos no; se pierden éstos entre la muchedumbre de la ciudad: sus amigos de juventud, allegados y familiares, compañeros en las campañas militares, colegas en los servicios políticos, vecinos de demo y copartícipes en los ritos religiosos.

De los que conocemos, unos son de Atenas, otros fueron extranjeros, atraídos a la ciudad por su fama; unos, ricos y destacados en el panorama político-social de Atenas, otros, pertenecientes a las clases populares; unos, de su misma edad, que le conocen y le han seguido desde siempre y hasta el último día, otros, jóvenes, nueva generación que se siente atraída por su extraña personalidad y por la genialidad de su pensamiento.

Y a todos los que le conocieron y escucharon hechizó, y no quedaron indiferentes ante la profundidad y originalidad de su discurso, más bien se sintieron transformados, otros, diferentes a como eran antes. Testimonio de ello nos da Apolodoro en El Banquete, quien explica cómo su vida era un sinsentido hasta que decidió seguir a Sócrates, o Alcibíades, quien en el mismo diálogo, en su discurso de alabanza hacia la figura del maestro, expone hasta qué punto había sido subyugado por aquél que, cuando le escucha, se siente totalmente transportado, e incluso siente vergüenza ante su presencia, de pensar en lo que hace cuando no está con él. Y según Alcibíades, a muchísimos les pasaba lo mismo.

De entre los más antiguos amigos se encuentra Euclides y fue, según el Fedón, uno de los que acompañaron a Sócrates en su último día.

Ni qué decir de Critón, amigo de toda la vida, del mismo demo y de la misma edad, que se ocupó prácticamente durante toda su vida de que nada le faltase a Sócrates ni a su familia, y en el diálogo de Platón que lleva su nombre nos enteramos de que lo visita en la cárcel todos los días, se ha hecho amigo del guardián mediante alguna gratificación para que le facilite las entradas y salidas, y está dispuesto a pagar un rescate con tal de salvar la vida de su amigo. En el Fedón vemos que encarga a sus criados llevar a Jantipa y a su hijo pequeño a casa, está con Sócrates cuando se lava por última vez y asiste a la despedida de Sócrates de sus hijos y familiares. Está pendiente de Sócrates ante los rápidos efectos del veneno, se encarga de su última voluntad, y fue quien le cerró la boca y los ojos.

Antiguos amigos son también Antístenes, y los hermanos Querécrates y Querefonte; en La Apología, Sócrates dice del último que fue a Delfos y osó preguntar al oráculo si había alguien más sabio que su amigo. En el Cármides lo vemos precipitarse sobre Sócrates al verle tras su regreso de la campaña de Potidea.

De la alta aristocracia ateniense fueron Cármides y su primo Crítias, así como Calias, en cuya casa se produce la reunión de sofistas que se narra en el Protágoras, y su hermano Hermógenes.

Más jóvenes fueron Aristipo de Cirene, Aristodemo, gracias al cual conocemos, según Platón, los discursos pronunciados en El Banquete en casa de Agatón; Simón, Epígenes, Fedón de Elis, Terpsión de Mégara y Menéxeno, los cuatro últimos estuvieron en la cárcel el último día.

Símias y Cebes, de Tebas, acompañaron también a Sócrates en su último día, como vemos en el Fedón, e incluso ofrecieron una importante cantidad de dinero para ayudar a Sócrates a escapar de la prisión.

Glaucón y Adimanto, hermanos de Platón, y por supuesto el propio Platón quien, cuando oyó a Sócrates, quemó sus poemas y se dedicó a seguirle.

Si fue una absoluta fascinación lo que causó la personalidad de Sócrates sobre sus amigos y sobre los jóvenes, que gustaban de escucharlo, todo lo contrario sintieron quienes, apenas conociéndolo e impermeables a los cambios que vivía la sociedad ateniense, lo veían como un individuo extraño, un elemento amenazador que cautivaba a la juventud y socavaba los mismos pilares ideológicos y religiosos en los que se sustentaba la ciudad. Éstos, tan lejos como estaban del pensamiento de Sócrates, no pudieron entenderlo.