Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mujer. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de mayo de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes 31.Las concubinas




“…ὥστε καὶ ἐπὶ ταῖς παλλακαῖς ταῖς ἐλάττονος ἀξίαις τὴν αὐτὴν δίκην ἐπέθηκε”.

“…que también con las concubinas, dignas de menor estimación, impuso la misma pena”.

En época de los primeros legisladores, Dracón y Solón, parece ser que coexistieron diversas modalidades bajo las que definirse y aceptarse la unión estable entre un hombre y una mujer, existiendo apenas diferencias entre ellas que primaran unas sobre otras.

Así, en el discurso Contra Aristócrates, 53, Demóstenes cita una ley atribuida a Dracón que afirma que un hombre tiene derecho a matar a otro al que sorprenda en su casa en flagrante delito con la esposa, su madre, su hermana, su hija o con la παλλακή que haya tomado para tener hijos libres. (Esta ley es la que cita Eufileto en el punto 31 del discurso I de Lisias):


“Si un hombre mata a otro involuntariamente en una competición atlética, o tras derribarlo en el camino, o por error en una batalla, o en brazos de su mujer, madre, hermana, hija, o concubina que tiene para la procreación de hijos libres, por esto que no sea acusado de haber cometido un asesinato.”


Según el redactado de esta ley se desprende:

1-que bajo la tutela del jefe de familia se hallaban por igual todas las mujeres de parentesco inmediato que vivían y formaban parte de su οἶκος, entre las que estaba la παλλακή, la concubina.

2-un varón podía tener en su casa una concubina con la que tenía una relación permanente de la que podían nacer hijos libres.

Los hijos nacidos de esa relación no eran legítimos, γνήσιοι, pero tampoco eran considerados bastardos; eran libres y parece ser que en época arcaica fueron reconocidos por el padre, por tanto introducidos en la familia paterna, y gozaron de los derechos de herencia, ἀγχιστεῖα, aunque en el orden de sucesión no estuvieran en primer lugar, y de los de ciudadanía, si bien estaban excluidos de algunas magistraturas.

¿Qué era una παλλακή?

A diferencia de una esposa legítima, introducida en (o transferida a) un nuevo οἶκος por su padre o tutor legal mediante la ἐγγύη junto con una προίξ[1], que al mismo tiempo la avalan y la protegen, una concubina entraba en un οἶκος sin que se dieran estas dos condiciones anteriores, y se producía entonces la coexistencia bajo un mismo techo de esposa y concubina.

La cohabitación, συνοικεῖν, que era, de hecho, el factor determinante para confirmar la unión legítima, y la procreación de hijos (παιδοποιεῖσθαι) como objetivo esencial del matrimonio para perpetuar la casa y la ciudad, vemos que también se daban en la relación con una concubina, por tanto la diferencia en la práctica diaria entre ambas relaciones era muy tenue o casi inexistente, si nos atenemos a la época arcaica.

A partir de Clístenes, con la consolidación de las instituciones democráticas, frente al concubinato, se primó el sistema matrimonial mediante la ἐγγύη y la προίξ, que convertían a una joven en mujer legítima ,γυνή γαμετή, en el sentido de que únicamente esta modalidad de unión obtuvo el respaldo legal y el derecho exclusivo que confería a los nacidos de esa relación el estatus de auténticos hijos legítimos, γνέσιοι, con plenos derechos de herencia y políticos, para perpetuar el οἶκος familiar y las estructuras sociopolíticas de la ciudad.

En cambio, los nacidos de una παλλακή, νόθοι, bastardos, estuvieron excluidos de los derechos de herencia y de los vínculos familiares, así como de los derechos de ciudadanía: no eran hijos legítimos, eran libres, no llegarían a ser ciudadanos atenienses, tampoco fueron extranjeros; de algún modo tuvieron un estatuto jurídico comparable al de los metecos.

Sin embargo, en el último cuarto del siglo v, parece ser que la leyes con relación a los hijos no legítimos volvieron a relajarse, pues al mismo Pericles, quien en el 451 aC hizo aprobar una ley que restringía el estatuto de hijo legítimo y futuro ciudadano ateniense a los nacidos exclusivamente de padre y madre atenienses, se le permitió presentar e inscribir en su fratría al hijo bastardo que había tenido con Aspasia ,con quien vivía sin mediar un matrimonio legítimo, ¡Y además era extranjera!.

Fuentes:
-Demóstenes, Contra Aristócrates. Perseus Digital Library

Bibliografía:
-Jean-Pierre Vernant, “El matrimonio” en Mito y sociedad en la Grecia Antigua. Madrid: Siglo XXI, 2003.
-Eva Cantarella, La calamidad ambigua. Trad. Andrés Pociña. Madrid: Ediciones Clásicas, 1996



[1]La ἐγγύη era un acuerdo privado ante testigos entre dos casas a través del cual un padre o tutor legal entregaba a la novia para casarla, ἔκδοσις, a un varón adulto. Junto con la novia, se entregaba también una dote, προίξ, normalmente dinero, que permanecía ligada a ella, de manera que si el matrimonio se disolvía, ambas, mujer y dote volvían a aquél que la entregó.

lunes, 14 de abril de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes 26.Las leyes sobre el adulterio.

“ἐγὼ δ᾽εἶπον ὅτι “οὐκ ἐγὼ σε ἀποκτενῶ, ἀλλ᾽ ὁ τῆς πόλεως νόμος, ὅν σύ παραβαίνων περὶ ἐλάττονος τῶν ἡδονῶν ἐποιήσω…”

-Y yo le dije: “yo no voy a matarte, sino la ley de la ciudad que tu, al trasgredirla, tuviste en menos que a tus placeres…”


Las leyes de la ciudad prescribían diferentes castigos para el adúltero según las circunstancias:


1-si el marido sorprendía al adúltero en flagrante, podía matarlo amparado por la ley en el mismo momento, sin ser inculpado de asesinato; podía también infligirle varias humillaciones corporales o aceptar una compensación económica ofrecida por el adúltero, quien permanecía arrestado en la cárcel hasta que presentara el dinero acordado o algún tipo de garantía o fianza.

El adúltero, de no morir en el acto, tenía derecho a rebatir la acusación de adulterio, y podía presentar una denuncia ante el tribunal de los Θεσμοθεται contra el marido, alegando ser encarcelado injustamente bajo la acusación de adúltero; si ganaba el juicio, la fianza que había depositado le era restituida, y no hay testimonios que expliciten si el marido debía pagar algún tipo de recargo o multa; pero si perdía, el marido podía infligirle cualquier daño en presencia del tribunal que no supusiera derramamiento de sangre.


2- si el marido no actuaba en el mismo momento o no había sorprendido al adúltero en flagrante, tenía tres posibilidades legales:


1-presentar una
γραφή[1] μοιχείας(denuncia por adulterio) : en la que debía demostrar que el adúltero había actuado mediante la seducción, y si ganaba el pleito, el adúltero era condenado a muerte.

2-presentar una γραφή ὕβρεως (denuncia por ultraje) o una δίκη[2] βιαίων (denuncia por acto de violencia): acciones en las que debía probar que se había producido una violación, y para tal caso la pena establecida era una suma de dinero estipulada por la ley o determinada en función de la tasación de la fortuna del encausado; en todo caso una pena inferior a la muerte.

3-en último término, podía también el marido agraviado simplemente llegar a un acuerdo privado con el adúltero.


De lo anterior se deduce que la ley amparaba al marido que sorprendía en flagrante a su esposa con otro hombre, en el sentido que si mataba al amante en el mismo momento, no era requerido por la justicia, pero en ningún caso la ley conminaba a cometer tal venganza.

Por otra parte, a nuestros ojos sorprende que se estableciera una pena mayor por seducción que por violación, y ya se encarga Eufileto en su discurso de defensa de explicar los motivos de ello.

La ley prohibía al marido que había sorprendido a su mujer cometiendo adulterio seguir viviendo con ella bajo pena de ἀτιμία (pérdida del derecho de ciudadanía).

El marido, por tanto, se divorciaba de su mujer; simplemente la echaba de su casa, la repudiaba, ἀποπέμπειν, ἐκπέμπειν, ἐκβάλειν, y ella volvía a la casa de su tutor legal, padre o pariente próximo.

En cualquier circunstancia el marido podía repudiar a su mujer siempre que quisiera, sin ninguna necesidad de justificar la razón, o dicho de otra manera, bajo cualquier pretexto. La única condición existente era que tenía que restituir al padre de su mujer o tutor legal la dote. Pero en caso de infidelidad manifiesta de la mujer, no se trataba de que el marido tuviera derecho a repudiar a su mujer, sino que la ley le obligaba a hacerlo.

A la mujer se le prohibía participar en cualquier ceremonia religiosa pública, y si lo hacía podía ser castigada a pena capital.

Es significativo que, al menos por los testimonios conocidos, la ley no proveía ninguna acción legal contra una mujer que supuestamente cometiera adulterio, sólo actuaba contra el varón.

Si una mujer era ultrajada por ser llamada adúltera podía probar su inocencia ante un tribunal a través de su tutor legal, presentando éste unaγραφή ὕβρεως.

Además, parece ser que una mujer víctima de una violación recibía el mismo trato que otra que hubiera participado activamente en el adulterio.


Bibliografía:
-A.R.W.Harrison, The Law of
Athens. Oxford: Clarendon Press, 1968

Imagen:
Instrumentos de escritura de época romana. Museu d'Hostòria de la Ciutat. Barcelona.


[1] El término γραφή alude a demandas relacionadas con delitos que afectaban a la ciudad en su conjunto, y cualquier ciudadano (ὁ βουλόμενος ) podía incoarlas.

[2] El término δίκη se aplicaba a los casos que afectaban únicamente a un individuo en particular, y sólo la persona afectada, o tutor legal podía iniciar el proceso.

viernes, 11 de abril de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes 24. La sexualidad femenina II.


Sin embargo, aunque las mujeres atenienses asumieran y aceptaran esta situación como un estilo de vida impuesto, seguro que hubo oportunidades para quebrantar las normas y encontrar espacios y momentos de libertad lejos de la mirada de sus maridos o tutores.
Entre las mujeres atenienses también las hubo de infieles a sus maridos, y prueba de ello es que existieron leyes que dictaminaron castigos duros no sólo para los varones sino también para ellas.


La Comedia ática nos ofrece valiosísimos testimonios de muchos aspectos relacionados con la vida diaria de la Atenas del siglo V, y aunque haya que cogerlos con pinzas, pues no pretenden ser un fiel reflejo de la realidad, sino mostrarla a un nivel extremo de exageración y caricaturización para provocar la risa desatada, sirven para permitirnos imaginar que algunos detalles sí que serían reales.


Con relación a la infidelidad de las mujeres, nos sirve un pasaje de Las Tesmoforiantes de Aristófanes, cuando las mujeres celebran una reunión en el templo de Deméter y Perséfone para juzgar a Eurípides, a quien acusan de haberlas infamado y calumniado continuamente en sus tragedias.


Si no tiene sentido aceptar que las mujeres atenienses pudieran realizar tal asamblea y juicio en uno de los días de la fiesta dedicada a las diosas Tesmóforas, y por tanto, de entrada resultaría original como tema, e hilarante para la audiencia, no hay por qué descartar que la intervención de Mnesíloco, suegro de Eurípides, que se ha disfrazado haciéndose pasar por una mujer para defender a su yerno, tenga ciertos
visos de verdad:


“Por qué le acusamos de este modo, calentándonos la bilis, por haber divulgado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos por millares? Yo misma,…los tengo en gran número…Os voy a decir el mayor de todos: Llevaba tres días de casada y mi marido dormía a mi lado, pero yo tenía un amante, el cual había robado mi flor a la edad de siete años. Seguía enamorado de mí, y vino a arañar a mi puerta. Le oí en seguida, y sabiendo que era él, salté fuera de la cama. Mi marido me preguntaba “¿a dónde vas?” “¿yo? Tengo un fuerte dolor de vientre, un terrible cólico. Ya vuelvo”. “Ve pues.” Mientras él quedábase majando semillas de cedro, hinojo y salvia, yo eché agua a los goznes y corrí al encuentro de mi amante….”

“Eurípides nunca dijo esto, ni ha dicho que, a falta de algo mejor, nos entregamos a los esclavos o a los muleteros; ni tampoco que, después de pasar una noche libertina, mascamos ajo por la mañana para que el marido, a su regreso del puesto de vigilancia en las murallas, no sospeche de nosotras…”

“Cuántas cosas hay de las que nunca habló. Como por ejemplo esa mujer, que despliega su largo manto para que el marido lo admire a la luz, y durante ese tiempo el amante escondido puede escurrirse y escapar. ¿Ha dicho algo sobre eso? Conozco otra que durante diez días pretendió sentir los dolores del parto, hasta que alguien pudo comprarle un niño…”

En esta línea de comportamiento estaría la mujer de Eufileto, quien no parece precisamente una víctima de Eratóstenes, sino que más bien parece que ha participado activamente en la infidelidad, al menos según la declaración del propio Eufileto, aprovechando sus ausencias , e incluso atreviéndose también a estar con el amante el día en que Eufileto regresó de improviso del campo, dejándolo encerrado en la habitación. ¡Pobrecito!


Fuentes:
-Aristófanes, “Las Tesmoforiantes”, en Comedias Completas II. Trad. de Juan Bautista Xuriguera. Barcelona: Iberia, 1976.

Bibliografía:
-Sara B. Pomeroy; Diosas, Rameras, Esposas y Esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica. Trad. Ricardo Lezcano.Madrid: AKAL Universitaria,1980
-Eva Cantarella, La calamidad ambigua. Trad. Andrés Pociña. Madrid: Ediciones Clásicas, 1996.
-
Mercedes Madrid, La Misoginia en Grecia. Madrid: Ediciones Cátedra, 1999.

Imagen:
*Venus púdica. British Museum


lunes, 7 de abril de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes 24. La sexualidad femenina. I



“ὤσαντες δὲ τὴν θύραν τοῦ δωματίου οἱ μὲν πρῶτοι εἰσιόντες ἔτι εἴδομεναὐτόν κατακείμενον παρὰ τῇ γυναικί, οἱ δ᾽ ὕστερον ἐν τῇ κλίνῃ γυνμὸν ἑστηκότα.”

“Tras empujar la puerta de la habitación, los que entramos primero todavía pudimos ver a aquél acostado junto a mi mujer, y los que entraron detrás, sobre la cama, desnudo, de pie”.


A partir de la aparición de la polis, y para su estabilidad económica, social y política, la vida sexual de las mujeres de los ciudadanos atenienses estuvo regulada y controlada por leyes que aseguraran la legitimidad de los recién nacidos, futuros miembros de los grupos familiares y de las instituciones de la ciudad.

La única función de la mujer ateniense con respecto a la ciudad era la de la reproducción, la conservación y perpetuación de las familias, y, por ello, los primeros legisladores ya se ocuparon de la vida íntima de sus mujeres como una cuestión de estado.


Primero Dracón, y después Solón, promulgaron leyes relativas al matrimonio, algunas de las cuales atañían directamente a aspectos íntimos de la vida sexual de los ciudadanos, y en especial de las mujeres.

En la biografía de Solón que nos ofrece Plutarco en su obra Vidas Paralelas, nos percatamos de la extrañeza que causó ya en el historiador de Queronea del siglo I, las leyes relativas al matrimonio:

-se interfería en relaciones que suponían un “desorden natural”, como el caso de viejos que quisieran casarse con muchachas, o viejas ricas con jóvenes, pues no se veía en estas relaciones el fin de la procreación.

Sólon, 20, 7-8:

“Y en las ciudades no se debe permitir tamaño desorden ni mostrar indiferencia ante relaciones a destiempo y desgraciadas, que no comportan ningún acto ni fin conyugal. Por el contrario, a un viejo que quisiera casarse con una joven, cualquier magistrado atento o legislador podría decirle lo que a Filoctetes:

¡anda que estás en condiciones de casarte, desgraciado! Y si descubre a un joven en la alcoba de una vieja rica engordando como las perdices a su lado, debería cambiarlo a casa de una novia virgen que necesite marido”.

-para los casos de adulterio o relaciones extramatrimoniales existieron castigos severos para ambas partes, pues con ellos se veía amenazado el cuerpo de auténticos ciudadanos legítimos.

Solón, 23,1-2:

“En general parecen de lo más extraño las leyes de Solón sobre las mujeres. Pues al que sorprenda a un adúltero le autoriza a matarlo. Pero por raptar a una mujer libre y forzarla, impuso una multa de cien dracmas y, por prostituirla, de veinte dracmas, con excepción de las que se pasean exhibiéndose, o sea, las heteras; pues éstas frecuentan sin recato alguno a los que les pagan. Prohíbe además vender a las hijas y hermanas, salvo si advierte que, acostada con un hombre, no es virgen”

-para todos los casos de parejas estériles y especialmente para herederas casadas en cuyo matrimonio no nacían hijos, la ley estipulaba para la mujer la obligación de tener relaciones sexuales con un pariente próximo del marido, para que la descendencia fuera de la misma estirpe; pero, además, la ley establecía la obligación para el marido de mantener relaciones sexuales con la mujer, como mínimo tres veces al mes, como medida para mantener cierta unión y muestra de cariño entre ambos.

Solón, 20, 2-5:

“Extraña y ridícula parece la que otorga a la heredera, si el que tiene potestad y autoridad legal sobre ella es impotente, el derecho a entregarse a los parientes más próximos del marido…para que los hijos sean de la misma casa y participen de su estirpe…y que el marido mantenga relaciones con la heredera como mínimo tres veces al mes. Pues aunque no nazcan hijos, al menos es ésta una señal de respeto del marido hacia su prudente esposa…”


Si pensamos en los siguientes aspectos que acompañaban una relación matrimonial típica en la sociedad ateniense del siglo V, podemos hacernos una idea de la insatisfacción afectiva y sexual dentro de la relación matrimonial en que vivirían muchas mujeres de aquella sociedad:

-la concertación del matrimonio por parte del padre o tutor con el futuro marido, según intereses patrimoniales, más que atendiendo a cuestiones sentimentales: (ἡ ἐγγύη, ης ).

-la diferencia de edad entre los esposos: el marido podía casi doblar la edad de la mujer

-la inexistencia de un período de noviazgo en el que la pareja se conociera e hiciera converger sus respectivas ilusiones con relación a un futuro común

-la disposición arquitectónica de las casas, con habitaciones separadas para los hombres y las mujeres

-la reclusión de las mujeres en sus hogares, ocupadas exclusivamente de las tareas domésticas y excluidas de los espacios públicos, frente a los trabajos y obligaciones políticas de los maridos, que los retenían fuera de casa durante gran parte del día

-los períodos de ausencia de los maridos en campañas militares

-el tiempo de ocio de los maridos que ocupaban en compañía de sus amigos: incluso si una fiesta o banquete tenía lugar en la casa, la mujer no participaba, sino que permanecía aparte, en el gineceo, junto con el resto de mujeres de la familia

-la aceptación social de las concubinas, (ἡ παλλακή, ης): mujer introducida temporalmente en una casa mediante un acuerdo entre dos familias que no suponía ninguna obligación jurídica; pasaba a ser un miembro más de la familia que ayudaba en las tareas, y con ella el esposo podía mantener relaciones sexuales sin ningún reconocimiento jurídico en caso de nacer algún hijo)

-la visita de los maridos a las cortesanas y burdeles de prostitutas, que abundaban en la ciudad

-las relaciones sexuales de los maridos con las esclavas, siempre a disposición de sus amos o de los amigos de sus amos

-a todo ello hay que añadir el hecho de que, una vez la pareja había tenido un número moderado de hijos, o al menos un hijo heredero, que asumiría el cuidado de los padres ancianos y velaría por el patrimonio familiar, el sentido de las relaciones sexuales de la pareja casada parece que se desvanecía, y todos los factores anteriores contribuían a distanciar las ocasiones de las relaciones íntimas.


Fuentes:

-Plutarco, “Solón”, en Vidas Paralelas II. Trad. de Aurelio Pérez Jiménez. Madrid : Gredos, 1996

Bibliografía:

-Sara B. Pomeroy; Diosas, Rameras, Esposas y Esclavas. Mujeres en la Antigüedad Clásica. Trad. Ricardo Lezcano.Madrid: AKAL Universitaria,1980
-Eva Cantarella, La calamidad ambigua. Trad. Andrés Pociña. Madrid: Ediciones Clásicas, 1996.
-Mercedes
Madrid, La Misoginia en Grecia. Madrid: Ediciones Cátedra, 1999.

Imágenes:

*El beso, Rodin. Museo de Rodin, Paris.
**Eros y Psique, Canova. Museo del Louvre. Paris.


lunes, 14 de enero de 2008

Discurso de defensa por el asesinato de Eratóstenes. 14.(Higiene y cosmética de la mujer)

“ἔδοξε δέ μοι, ὦ ἄνδρες, τὸ πρόσωπον ἐψιμυθιῶσθαι, τοῦ ἀδελφοῦ τεθνεῶτος οὔπω τριάκονθ᾽ ἡμέρας.”

“Pero me pareció, señores, que se había maquillado la cara, aún cuando su hermano llevaba muerto no hacía ni treinta días.”


Tal como hoy en día, las mujeres de la Antigüedad eran coquetas y les gustaba cuidar su aspecto exterior para resultar más atractivas.

En Atenas existieron desde la época clásica baños públicos con salas reservadas para las mujeres, pero con toda probabilidad las atenienses de clase acomodada no los frecuentarían, pues se bañaban en su propia casa, de la que solo salían en ocasiones especiales.

En el espacio de la casa destinado a las mujeres, el gineceo, se hallaba un cuarto destinado al baño y aseo personal de éstas,λουτρόν.


Podían utilizarse bañeras, πύελος , de barro cocido, de piedra o de pequeños ladrillos cubiertos con un revestimiento. Con una longitud que no permitía tumbarse completamente, el fondo podía adquirir en la parte posterior forma de asiento, y carecían de desagüe, por lo que se tenían que llenar y vaciar manualmente.

También se usaron tinas o jofainas circulares u ovales, de metal, barro cocido o madera, para el lavado parcial o el baño de los niños pequeños.

Para los pies podían usarse palanganas poco profundas, de metal, sostenidas por tres patas.

Pero el utensilio de lavado más extendido en época clásica fue la gran pila circular profunda,λουτήριον, sostenida por una base bastante alta, muy ancha en la parte inferior y rematada por un capitel que solía ser jónico. Solían ser de piedra o de barro cocido; su llenado y vaciado era manual, y se usaban tanto en las palestras, para la higiene de los hombres, como en las casas privadas.

Los griegos no conocían el jabón, y en su defecto utilizaban un carbonato de sosa impuro, una solución de potasa obtenida a partir de cenizas de madera o una arcilla especial.


Como accesorios del aseo femenino podemos señalar en primer lugar la navaja, que utilizaban las mujeres para depilarse. Indispensable en el tocador era el espejo, con el que observaban con detalle los últimos retoques, y presente en todas las representaciones de escenas de tocador.

Para arreglarse el pelo tenían peines, que podían ser de madera, hueso, marfil, concha o bronce, a veces con delicados adornos incisos; y, para sujetarlo, usaban cintas, ínfulas, velos y pequeñas cofias. En ocasiones, podían usar trenzas postizas y pelucas, e incluso se teñían el pelo para obtener un color deseado, especialmente el rubio.


Tal como hacemos hoy, las mujeres griegas se maquillaban; el uso de cosméticos estaba muy extendido, y solo cuando se guardaba luto por un familiar o cuando asistían a los misterios estaba mal visto.
Carbonato básico de plomo de color blanco (albayalde) era usado para aclarar la piel, pues una tez blanca era signo de belleza. Para realzar el color de las mejillas y para los labios usaban tinta roja procedente de la orcaneta, un tipo de planta herbácea.

Incluso las más atrevidas marcaban la línea de sus ojos y de sus cejas con trazos negros o marrones.

También utilizaban cremas de belleza y todo tipo de perfumes preparados a partir de una base de aceite de oliva y esencias naturales.


Como contenedores específicos de cremas y perfumes, así como para las joyas (coronas, collares, pulseras, pendientes, brazaletes, aros, cadenitas…) usaban vasos de cerámica de tamaño más o menos pequeño y formas diversas:


-el lecito tenía un cuello estrecho para controlar la salida del líquido
-el alabastro tenía un cuello muy prieto para que saliera el perfume gota a gota
-la píxide , la lecánide, y la plemócoe eran cofres de tocador para guardar las joyas
-el aríbalo tenía una correa para llevar o para colgar (especialmente usado por los hombres para guardar el aceite de oliva con que se frotaban después de los ejercicios en el gimnasio o la palestra).

Finalmente, podemos mencionar como accesorios o complementos propios de la mujer el abanico, simple pantalla con forma circular o de palmeta, y la sombrilla, muy parecida a las actuales, que siempre era llevada por un esclavo colocado detrás de la mujer a la que resguardaba.


Bibliografía:

-Robert Flacelière, “El aseo y el vestido”, en La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles. Trad. de Cristina Crespo. Madrid: Ediciones Temas de Hoy, 1989

-François Lisarrage, “Una mirada ateniense”, en Historia de las mujeres. I- La Antigüedad. Trad. de Marco Aurelio Galmarini. Madrid: Taurus, 1993


Imágenes: ( procedentes del Museo Arqueológico de Madrid)

*Lebes nupcial de Paestum ( 430 aC). Escena de mujeres en el baño junto a la pila circular.

**Espejo de bronce (s IV-III aC) y píxide de Apulia (340-300 aC) con tapadera de lebes , regalo de boda.

***Colllar y pendientes de oro griegos (s III-I aC). Lecánide ( s V aC ) para guardar objetos de tocador

****Vasos para tocador: alabastro, lecito, píxide, plemócoe


lunes, 3 de diciembre de 2007

Discurso de Defensa por el Asesinato de Eratóstenes.10 (Un poco de biología humana)

Al leer que Eufileto y su mujer tuvieron un hijo nos podemos preguntar qué conocimientos se tenían en el s IV aC sobre la procreación.

Sigo a Aristóteles en sus obras de biología Investigación sobre los animales, Libro VII y Reproducción de los animales, Libro I:


La concepción

Aristóteles señala que el hombre y la mujer, con relación a la reproducción, son diferentes porque desempeñan funciones distintas debido a que tienen órganos sexuales distintos: la mujer tiene útero y el hombre testículos y órgano genital.

En la concepción, el hombre y la mujer participan de manera diferente: el hombre es el principio motor y generador, y la mujer el principio material.

El hombre es el ser capaz de engendrar en otro, y la mujer es la que engendra en sí misma y de quien nace el ser engendrado que existía en el principio generador.

El esperma del hombre es por su naturaleza el principio de donde surgen los seres que se forman naturalmente. El esperma es el residuo del alimento transformado en sangre en su última fase de elaboración mediante un proceso de cocción.

El cuerpo de la mujer es por naturaleza más débil y más frío que el del hombre. Como consecuencia de ello, el proceso de cocción que transforma el alimento en sangre es menos fuerte, y de ahí su incapacidad de producir esperma.
En su defecto, produce otro tipo de residuo, una gran cantidad de líquido sanguinolento que es el flujo menstrual.

Este residuo en la mujer explica que siempre esté pálida, que no tenga las venas gruesas, y en general, su inferioridad física, aunque, por otra parte, causa que las mujeres enfermen menos que los hombres, y son pocas las que tienen varices, hemorroides y hemorragias nasales.

Con todo, el flujo menstrual era considerado indispensable para la concepción; era la materia que aportaba la mujer, pues el embarazo se producía después del final de la regla, y las mujeres que tenían todo tipo de irregularidades, por lo general, eran estériles.

Aristóteles afirma que, en la concepción, el hombre proporciona la forma y el principio de movimiento, es el ser que engendra, el motor, el agente, la fuerza, principio activo; en cambio, la mujer aporta el cuerpo y la materia, es el ser del que sale el ser engendrado, el ser paciente, el ser que recibe la forma del agente, principio pasivo.

Una vez el esperma ha sido recibido en el útero, y se queda allí, se forma a su alrededor una membrana; después, otra membrana adherida al útero lo recubre todo, y entre las dos se forma un líquido acuoso y sanguíneo. El feto efectúa su crecimiento a través del cordón umbilical que lo une al útero de la madre.

El período ideal fértil para la mujer comprendía entre los 21 y los 40 años. Podían concebir antes, pero engendraban criaturas pequeñas e imperfectas, y los partos eran más laboriosos. Algunas mujeres, excepcionalmente, tenían la menstruación hasta los cincuenta años. El cuerpo envejecía antes en las mujeres que habían tenido muchos partos.

Por otro lado, se pensaba que hasta los 21 años el esperma del hombre era infecundo; y a partir de ese momento, eran capaces de engendrar hasta los sesenta años; excepcionalmente, hasta los setenta. El cuerpo envejecía antes en los hombres libidinosos.

El embarazo

Para Aristóteles, un síntoma claro de embarazo era cuando, inmediatamente después del coito, el esperma permanecía siete días en el interior de la mujer.

Se distinguía a una mujer embarazada sobre todo en los flancos, pues muchas mujeres enseguida se ensanchaban. Aún con alguna excepción, normalmente se distinguía una mujer portadora de un embrión de sexo masculino por el movimiento de éste hacia la derecha del cuerpo de la madre a los 40 días; el embrión femenino se movía hacia la izquierda en torno a los 90 días.
Dentro del vientre materno, el feto hembra tardaba más en conseguir el desarrollo de todas sus partes que el feto varón.

Los abortos ocurridos durante los siete primeros días eran considerados “derrames”; los que se producían desde entonces hasta los 40 días, “pérdida de un hijo”.

Las dolencias del embarazo eran la pesadez en todo el cuerpo, deslumbramientos, dolores de cabeza, náuseas y vómitos; en general, las embarazadas de un feto hembra experimentaban más molestias: peor color, más pálidas, tumores en las piernas e hinchazones en la carne.

Las mujeres embarazadas experimentaban todo tipo de apetitos, y sufrían cambios de humor, especialmente las embarazadas de niñas.

El período de gestación era de siete, ocho y nueves meses, y la inmensa mayoría de diez (se trata de meses lunares: de 28 días).

Los hijos que nacían en el período comprendido entre los siete primeros meses no sobrevivían; en el octavo, la mayoría perecían y, si sobrevivían, se explicaba por un mal cálculo de la madre. Este mes era especialmente peligroso, pues no solamente los hijos nacidos en este mes no sobrevivían, sino que también en muchos casos perecía la madre. También resultaba especialmente crítico el cuarto mes.

El parto

Se consideraba un parto normal cuando el feto, tras haber invertido la posición de la cabeza, sacaba ésta por delante. En todos los otros casos el nacimiento era anormal.

Según en qué parte del cuerpo sentía la madre los primeros dolores, se preveía un parto más o menos complicado.

La mayor parte de las veces las mujeres daban a luz un solo hijo, pero a veces tenían gemelos. El número máximo constatado de niños nacidos de un solo parto era de cinco, y como caso insólito Aristóteles habla de una mujer que en cuatro partos dio a luz a veinte hijos, y la mayoría de ellos llegaron a mayores.

Los gemelos no tenían menos posibilidades de sobrevivir, a no ser que fueran de sexo diferente.

Habla también Aristóteles de la superfetación. Aunque rara, a veces sucedía: durante la gestación , al mantener la mujer relaciones sexuales, podía concebir un segundo feto; si este era concebido mucho después del primero, ello causaba tremendos dolores y provocaba el aborto del primer feto; pero si era concebido poco después del primero, había muchas posibilidades de que los dos fetos sobrevivieran. Como antecedente mítico se cita el caso de Heracles e Ificles.

Después del parto y de la expulsión de los humores, sobrevenía la leche en abundancia a las mujeres, hasta el punto que en algunas fluía por varios lugares del seno, e incluso por las axilas.

No se recomendaba beber vino, sobre todo no rebajado, ni alimentos que causaran flatulencia o pereza intestinal.

La mayoría de los recién nacidos sufrían convulsiones, algunas tan fuertes que les causaban la muerte; especialmente críticos eran los siete primeros días, período en que la mortalidad infantil era muy elevada.


Fuentes:

Aristóteles, Investigación sobre los Animales. Trad. de Julio Pallí Bonet. Madrid: Gredos, 1992
Reproducción de los animales. Trad. de Esther Sánchez. Madrid: Gredos, 1994

Imagen: de la red



domingo, 25 de noviembre de 2007

Discurso de Defensa por el Asesinato de Eratóstenes. 8(La mujer y los funerales)

ἐπ᾽ ἐκφορὰν γὰρ αὐτῇ ἀκολουθήσασα ἐμή γυνὴ…”
“Pues al ir mi mujer en el séquito para el entierro…”

Esta era una de las ocasiones, junto con las ceremonias religiosas, en que una mujer ateniense podía salir de su casa de acuerdo con las leyes de la ciudad.

Las mujeres desempeñaban un importante papel en los rituales relacionados con la muerte.

En primer lugar, ellas eran las que se encargaban de lavar, untar con esencias perfumadas y vestir con ropa blanca el cadáver, que era colocado sobre un lecho para que amigos y familiares lo vieran por última vez. El difunto quedaba expuesto así, con la cara al descubierto y con los pies dirigidos hacia la puerta, durante un día o dos(πρόθησις).

Podían entrar en la casa mortuoria todos los hombres que se presentasen, pero mujeres sólo podían entrar las de parentesco muy próximo.
En determinadas épocas se colocaba una moneda en la boca del muerto, según la creencia de que era indispensable para pag
ar al viejo Caronte por cruzar el alma con su barca de orilla a orilla del río Aqueronte.

Igualmente, son las mujeres las que dirigían el ritual de las lamentaciones. Sentadas junto al difunto, con trajes negros, y los cabellos cortados, exteriorizaban la pena según el rito consuetudinario: cantos fúnebres, se desgarraban las mejillas, se golpeaban el pecho y se echaban ceniza por los cabellos. En casas pudientes se contrataba a plañideras para entonar el canto fúnebre.

Dice el coro de esclavas que acompañan a Electra ante la tumba de Agamenón en Coéforas, 22-31, de Esquilo:

“Enviada del palacio, llego aquí a ofrecer estos fúnebres presentes. Mi seno resuena bajo los golpes de mis manos, y mis mejillas sangran por las heridas que han abierto en ellas mis uñas. Mi corazón se nutre de suspiros, y estos linos de luto, estos linos con que los desgraciados heridos por el infortunio velan su seno, también ellos hechos jirones por mi dolor han exhalado su lamento.”


Delante de la puerta de la casa se colocaba un vaso con agua lustral traída de la casa de algún vecino, de manera que, al salir de la visita, uno se rociaba con ella para purificarse (por haber estado
en contacto con un muerto), al tiempo que indicaba la presencia de un cadáver en la casa.


Antes del amanecer, tenía lugar la procesión para el traslado del cadáver al cementerio(ἐκφορά).
En brazos de familiares o esclavos, sobre el lecho en el que había estado expuesto, o en un carro tirado por animales, el cadáver era trasladado en una comitiva integrada por hombres, seguidos por las mujeres parientes cercanas y los tañedores de oboe cerrando por detrás.

En el cementerio, el cuerpo se inhumaba o se incineraba. También las mujeres eran las que realizaban las libaciones de agua lustral, vino o aceite sobre la tumba del muerto, mientras pronunciaban súplicas y frases rituales dirigidas a las divinidades del Hades.

Asimismo, ellas eran las que depositaban ofrendas junto a las estelas funerarias: coronas, ínfulas o pequeños lecitos (vasos de perfumes).

En la tragedia Las Coéforas,124-130, dice Electra ante la tumba de su padre mientras derrama las libaciones:

“Supremo mensajero entre los vivos y los muertos, Hermes infernal, escucha mi ruego. Haz que mis votos lleguen a oídos de las divinidades infernales, que velan sobre la sangre de mi padre; haz que la tierra, esta tierra que lo engendra y lo cría todo y a la que vuelve todo lo que de ella ha salido, haz que ella lo acoja también benévola. En tanto yo derramaré mis libaciones e invocaré a mi padre…”

De vuelta a casa, todos los miembros de la familia se lavaban, como ritual de purificación, y participaban de una comida.
Al día siguiente la casa era también purificada con agua de mar y un hisopo.

Tras todo esto, se celebraban banquetes al tercer día, al noveno y al trigésimo de los funerales; luego, en los días de aniversario.


Fuentes:
-Esquilo, Coéforas. Trad. de Jorge Montsiá. Barcelona: Iberia, 1979

Bibliografía:
-Robert Flacelière, “Las mujeres, el matrimonio y la familia”, en La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles. Trad. de Cristina Crespo. Madrid: Ediciones Temas de Hoy, 1989

-Louise Bruit Zaidman, “Las hijas de Pandora”, en Historia de las mujeres. I- La Antigüedad. Trad. de Marco Aurelio Galmarini. Madrid: Taurus, 1993

Imágenes:
*Estela de mármol 425-400 Atenas. British Museum
**Izquierda:Lutróforo ático. Musseo del Louvre

***Lecito 420-400 aC con Tanatos e Hipnos llevando el cadáver de un guerrero a su tumba. British Museum
****Lecitos 420-400 Atenas. British Museum

jueves, 22 de noviembre de 2007

Discurso de Defensa por el Asesinato de Eratóstenes. 7 ( Responsabilidades de la mujer casada)


“ἐν μὲν οὖν τῷ πρώτῳ χρόνῳ, ὦ Ἀθηναῖοι, πασῶν ἦν βελτίστη, καὶ γὰρ οἰκονόμος δεινὴ καὶ φειδωλὸς [ἀγαθὴ] καὶ ἀκριβὼς πάντα διοικοῦσα”.

“Así pues, al principio, atenienses, era la mejor de todas, pues era una hábil administradora de los bienes de la casa, ahorradora, y atendía todo con rigor.”

Leyendo los capítulos VII-X del Económico de Jenofonte podemos hacernos una idea y extraer conclusiones acerca de las responsabilidades de la mujer casada en el hogar en época clásica.

Dice Iscómaco, el interlocutor de Sócrates:

“…nunca paso el día dentro de mi casa, pues mi mujer se basta por sí sola para administrarla.”

Esta era la responsabilidad de una mujer cuando pasaba a su nueva vida de casada: administrar todo lo relativo a la casa permaneciendo dentro de ella.

Pero ¿en qué condiciones asume esta nueva responsabilidad? Y le pregunta Sócrates a Iscómaco: “¿la educaste tú personalmente hasta que llegó a ser como es debido o, cuando la recibiste de su padre y de su madre, ya sabía administrar lo que le incumbe?.”

Y a su vez Iscómaco le contesta: “¿Y qué podía saber cuando la recibí por esposa, si cuando vino a mi casa aún no había cumplido los quince años y antes vivió sometida a una gran vigilancia, para que viera, oyera y preguntara lo menos posible? ¿No te parece que pude estar contento si llegó a mi casa sin saber otra cosa que hacer un manto, si recibía la lana, o sin haber visto otra cosa que cómo se reparte el trabajo de la hilatura entre las criadas? Y en cuanto a la gula se refiere, Sócrates, vino perfectamente educada”.

Según esto, el marido está contento de que la mujer que recibió como esposa tuviera como cualidades la discreción, el conocimiento de las labores del telar y el control de su apetito.

Y nuevamente pregunta Sócrates “¿educaste tú mismo a tu mujer hasta que fue capaz de encargarse de los deberes que le corresponden?”

Y su amigo Iscómaco contesta: “¡Si, por Zeus!...pero no lo hice sin hacer antes sacrificios a los dioses y haberles suplicado que me concedieran a mí enseñar y a ella aprender lo que fuera mejor para ambos”.

Y al preguntar Sócrates “ ¿qué fue lo primero que le enseñaste?”, Iscómaco le respondió que antes que nada le explicó los motivos por los que se habían casado: para educar a los hijos cuando los tuvieran y administrar la hacienda que poseían en común, pues “ es propio de personas juiciosas, tanto del hombre como de la mujer, actuar de manera que el patrimonio esté en las mejores condiciones posibles y se acreciente lo más posible por medios honestos y legítimos”.


Iscómaco explica a Sócrates lo que le dijo a su mujer: “intenta cumplir lo mejor posible lo que los dioses te capacitaron para hacer y la ley ha sancionado”.

Como su mujer le preguntó: “¿y qué es?”. Iscómaco procede a explicarle todas las labores y responsabilidades que le corresponden, según él, por sanción divina y que la ley corrobora: “…ya que tanto las faenas de dentro como las de fuera necesitan atención y cuidado, la divinidad, en mi opinión, creó la naturaleza de la mujer apta desde un principio para las labores y cuidados interiores, y la del varón para los cuidados y trabajos de fuera”.

A continuación esquematizo,según Iscómaco, la diferenciación de tareas para el marido y la mujer con relación al hogar, en función de las aptitudes que la divinidad ha otorgado a cada uno de ellos:

En cuanto al hombre

En cuanto a la mujer

Aptitudes

Tareas

Aptitudes

Tareas

Cuerpo y mente para soportar fríos, calor, viajes, guerras.

Trabajos de fuera.

Cuerpo menos capaz para estas fatigas.

Las faenas de dentro.



Mayor cariño hacia los recién nacidos.

Crianza de los niños.



Carácter medroso: mayor grado de miedo

Vigilancia de los víveres.

Mayor parte de audacia

Para la necesidad de defenderse.



Memoria y atención con imparcialidad para ambos porque los dos tienen necesidad de dar y recibir.

Facultad de ejercer el debido autocontrol con imparcialidad para ambos.

Al hombre le resulta más impropio estar dentro que cuidarse de los trabajos de fuera.

Para la mujer es más honroso permanecer dentro de casa.


“ Y como ambos por naturaleza no tienen las mismas aptitudes, precisamente por ello se necesitan mutuamente, y la pareja es más provechosa porque uno puede lo que al otro le falta.”

“Además, la ley declara que son honorables las ocupaciones para las que la divinidad dio a cada uno de nosotros mayor capacidad natural.”


Estas son las instrucciones concretas que le da Iscómaco a su mujer para el buen gobierno de su hacienda:

“tendrás que estar dentro de casa”

“despachar afuera a los esclavos cuyo trabajo esté en el exterior”

“vigilar a los que tienen que trabajar dentro”

“recibir las mercancías que entren”

“repartir lo que haya que gastar”

“prever y cuidar que el presupuesto aprobado para un año no se gaste en un mes”

“cuando te traigan lana, preocuparte de que se hagan vestidos a los que los necesiten”

“procurar que el grano seco se conserve para que se pueda comer bien”

“si se pone enfermo uno de los esclavos, …procurar por todos los medios que se cure”

“cuando te hagas cargo de un esclava que no sepa hilar, la instruyas y dobles el valor que tiene para ti”

“o cuando te encargues de otra que no sepa administrar ni servir y la conviertas en una criada capaz, leal y eficiente, de un valor inapreciable”

“cuando puedas recompensar a los servidores buenos y provechosos para tu hacienda”

“castigar a los que resulten malos.”

Finalmente, Iscómaco recomienda a su mujer que , a través del cumplimiento de todas sus responsabilidades, demuestre ser mejor que él, de manera que, tal como vaya envejeciendo, “cuanto mejor consorte resultes para mí y mejor guardiana de la hacienda, tanto mayor aprecio tendrás en la casa.”

Fuentes:

Jenofonte, Económico. Trad. de Juan Zaragoza. Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, 1993

Imágenes:

*Pyxis 850-800 aC; Oinochoe de cuello largo 800-760 aC,Atenas. British Museum
**Oinochoe con asa trenzada, estilo geométrico, 850-800 aC, Atenas. British Museum

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Discurso de Defensa por el Asesinato de Eratóstenes. 6 (El matrimonio)


“ἐπειδὴ ἔδοξέ μοι
γῆμαι καὶ γυναῖκα ἠγαγόμην εἰς τὴν οἰκίαν…”“Una vez que tomé la decisión de casarme y llevé una mujer a mi casa…”

Se utiliza el verbo γαμέω que, aunque en voz activa básicamente quiere decir casarse el hombre, aquí el término alude al hecho de que Eratóstenes ha decidido ya el día para celebrar la unión de facto con su futura mujer, introduciéndola en su casa.
No utiliza ἐγγυάω que significa dar una garantía, hacer una promesa, en particular hacer una promesa de matrimonio.

La práctica del matrimonio entre los griegos tenía dos fases una la ἐγγυή, o acuerdo privado entre el κύριος o representante legal de la joven (normalmente el padre, a no ser que haya muerto) y el pretendiente (varón mayor de edad que actúa por sí mismo). En ese acuerdo se establecía un compromiso de palabra que, a partir de ese momento, unía a las dos familias, corroborado ello por algunos testigos.

Este gesto de unión entre dos familias, sin embargo, no suponía la convivencia real de la pareja, hecho que tenía lugar tras la segunda fase del matrimonio o γάμος , que podía ocurrir unos cuantos meses después, o también sabemos de casos en que se producía al cabo de unos años, si el compromiso ocurrió cuando la novia era todavía una niña.

El matrimonio se hacía efectivo realmente con el γάμος, día de celebración y de fiesta, más parecido a nuestras bodas. Ese día era trascendental para la novia por ser protagonista pasiva de un traslado doble: uno físico, pues era trasladada de la casa del padre a la casa del marido; y otro jurídico, al pasar de la protección y tutela del padre a la de aquél.

También era trascendental ese día para la joven por ser cuando dejaba la condición de doncella y se convertía en esposa, con nuevas obligaciones y responsabilidades, a la vez que se producía su estreno en la vida sexual.

La ἐγγυή era un pacto entre hombres, acto masculino, y el γάμος o celebración estaba protagonizado por las mujeres, en cuanto que giraba en torno a la novia.

Los festejos se prolongaban durante tres días :

-el día de la víspera se realizaba el rito de purificación o baño de la novia, para lo cual un séquito iba a buscar agua a la fuente Calírroe, que era portada en un vaso con forma especial, el lutróforo; además, la novia ofrecía a las divinidades protectoras del matrimonio sus juguetes y objetos que la acompañaron en su infancia.

-el día del γάμος, con los invitados en casa del padre de la novia, tenía lugar un sacrificio y un banquete. La novia aparece ataviada con sus mejores galas llevando una corona y un velo que cubre su rostro. La acompañan en la fiesta sus amigas, su madre, parientes femeninas y la νυμφεύτρια, mujer que dirige todo el ritual.
El momento crucial de la fiesta era cuando la νυμφεύτρια levantaba el velo de la novia, τὰ ἀνακαλυπτήρια, presentándola así oficialmente por primera vez al marido, pero no se desprendía de él hasta el final del día.
En el banquete se servían platos típicos para la ocasión, algunos de ellos asociados a la fecundidad como las tortas de sésamo.
La sección masculina ocupaba los asientos separadamente de las mujeres.

Llegada la tarde, el novio llevaba a su casa a pie o en carro a la novia; detrás seguía el cortejo nupcial formado por los parientes y amigos, que alegres entonaban el himeneo o canto de boda al ritmo de flautas y oboes, y que llevaban los regalos de la novia.
La νυμφεύτρια les acompañaba portando una antorcha, y también iba en el séquito el παίς ἀμφιθαλής , o muchacho que tiene padre y madre, cuya presencia en la fiesta está constatada en las fuentes.
Los padres del novio esperaban en la puerta de la casa la llegada de la comitiva, y tras la ceremonia de recibimiento los novios se retiraban al lecho conyugal.

-al día siguiente, tenía lugar otra procesión, τὰ ἐπαύλια, en la que los padres de la novia y amigos le llevaban su ajuar y otros regalos.

Sin duda, dependiendo de las posibilidades económicas de cada familia, toda la celebración se llevaría a cabo con sencillez o derroche.

En ningún momento tenía lugar un acto que sacralizara la unión, y los dioses no estaban más presentes que en cualquier otra fiesta.



Bibliografía:
-François Lisarrage, “Una mirada ateniense”, en Historia de las mujeres. I- La Antigüedad. Trad. de Marco Aurelio Galmarini. Madrid: Taurus, 1993
-James Redfield, “El hombre y la vida doméstica”, en El hombre griego. Trad. de J. Antonio Ochoa Anadón. Madrid: Alianza Editorial, 2000.
-Robert Flacelière, “Las mujeres, el matrimonio y la familia”, en La vida cotidiana en Grecia en el siglo de Pericles. Trad. de Cristina Crespo. Madrid: Ediciones Temas de Hoy, 1989

Imágenes:
*Mosaico de la Villa Romana del Casale, Piazza Armerina. Sicilia
**Lutróforo ático. Mouseo Del Louvre